CRÓNICAS DE VIAJEROS EN TIEMPOS DEL TA´BARATO, DAME DOS
…”sola te quedaste,
terruño que añoro, Miami te adoro, solo pienso en ti”… así dice una parte del
coro de la gaita de Guaco del año 1983 “Adiós Miami” y que comparte el mismo
título de una película venezolana del año 1984, dirigida por Antonio LLerandi, y
protagonizada por el desaparecido primer actor Gustavo Rodriguez. Y no solo
comparten el título, sino también el “entorno” al que se refieren cada una… la
época de la bonanza petrolera en Venezuela, producto de los conflictos en el
Medio Oriente y la abrupta subida de los precios del petróleo durante los años
70, así como el posterior descalabro de
la paridad cambiaria, es decir, la violenta caída del bolívar frente al dólar
del año 1983 (el famoso Viernes Negro), lo que ocasionó que la clase media
perdiera parte de los privilegios que tenían en ese momento, por ejemplo, los
viajes al extranjero, de paseo o de compras, y que tenían a la ciudad
estadounidense de Miami, en el estado de la Florida, como el centro vital de
esos viajes.
Y es que muchos de la
Generación Silenciosa y los Baby Boomers, así como algunos de la Generación X,
recordarán como yo esa época, sobre todo si tuvieron la oportunidad de viajar a
Florida en esos años. Era tal el nivel de derroche o gastos de muchos
compatriotas en esos viajes, que se popularizó el término “Ta´ barato, dame
dos” al referirse a ellos. Por lo general se atribuye este nombre al hecho de
que cuando viajaban las cosas les parecían tan económicas (producto de un bolívar
sobrevaluado) que, en vez de comprar una unidad de algún artículo, compraban
dos o más unidades. Aunque yo tengo mi propia teoría… muchos de ellos no
“sacaban la cuenta”, es decir, no hacían la conversión de dólar a bolívar y
miraban solo el precio óptico… por ejemplo, si un producto costaba $20 (al
cambio del momento eran Bs. 86) y en Venezuela costaba Bs. 100, les parecía
“extremadamente” económico el precio en el extranjero, por aquello de que 20 es
menor que 100… lógico ¿no?... En esos años era tal la “invasión” de
compatriotas en tierras floridanas que tan solo Viasa tenía 24 vuelos semanales
desde varias ciudades del país, desde un módico precio de $99.
Un par de años después
de mudarme a Maracaibo desde Paraguaná, en el colegio donde yo estudiaba, llegó
la oferta de una de las más prestigiosas agencias de viaje de la ciudad, donde
ofrecían un tour a la Florida con excelentes condiciones de financiamiento. Asimismo,
ofrecían el servicio de “chaperones” en caso de que algún niño viajara sin la
compañía de sus padres… y ese fue mi caso. Tenía en ese momento 8 años y mis
padres decidieron regalarme ese viaje, dada mi insistencia, mi buen
comportamiento y lo aplicado que era en el colegio. Lo que aún recuerdo como la
gran “paradoja” fue que Mamá no me dejaba ir a la “bodeguita” que quedaba a una
cuadra de mi casa, pero me dejo ir solo y por una semana a otro país y a casi 2000
kilómetros de distancia. Cosas que pasan.
Recuerdo que, para ese viaje, tramitaron mi visa en el consulado de Estados Unidos en Maracaibo… si… EN MARACAIBO… resulta que, en esa época, por la gran actividad petrolera y la presencia de grandes empresas extranjeras, era necesario una oficina consular en la zona. (Y no era la primera vez que esto pasaba... La primera presencia diplomática de los Estados Unidos en Venezuela fue a través del consulado en Maracaibo en 1824 cuando Venezuela era todavía parte de la Gran Colombia).
Como
era menor de edad, se estilaba utilizar el pasaporte de un adulto, por lo que,
al pasaporte de mi Papá, le colocaron un sello con mis datos, y eso me permitió
viajar. Sin embargo, no fue fácil: en los aeropuertos tanto de Maracaibo como de
Miami, los oficiales solo miraron la primera página donde están los datos, como
es costumbre, y luego levantaron la mirada para buscar al señor gordito con
rasgos indígenas que aparecía en la foto, pero se encontraron con un morenito
cabezón y bembón que les hacía señas desde abajo…señor, señor, soy yo, Ruben
Gil… ah mundo, dirían en mi península.
En ese viaje me tocó
compartir habitación con el encargado del Tour, un señor tranquilo y parsimonioso,
quien solo estaba pendiente de que yo comiera y durmiera... de resto, ni
pendiente de mí o de lo que hacía. Recuerdo que volamos a Miami y de allí
tomamos un auto Pullman a la ciudad de Orlando, sede de los parques temáticos;
de ese trayecto recuerdo la gran cantidad de sembradíos de naranja que se veían
desde el autobús; en ese momento aprendí que, así como Nueva York era conocida
como la Gran Manzana, el estado de la Florida era conocido como el estado de la
Naranja. El motel donde nos hospedamos en Orlando estaba a la orilla de una
carretera, en una zona boscosa cercana a Walt Disney World; tenía un restaurant
tipo cafetería en la entrada, luego la piscina y un edificio de dos pisos
alrededor de ésta última (una distribución clásica de los moteles de la época).
La cafetería era al mejor estilo de “Días felices” (la serie de TV ambientada
en los años 50 y 60) y creo que el primer dólar lo gaste comprando las “bolas”
de chicle que se vendían en esas máquinas dispensadoras que tenían un cristal
redondo en su parte superior. Imposible olvidar que cada vez que quise ver
comiquitas en la televisión, cuando estaba en el motel, lo que veía era un gran
titular: “Presidential Crisis” (Crisis Presidencial) … estaba en todo su apogeo
el escándalo “Watergate” el cual terminó con la dimisión del presidente Nixon
en los días posteriores.
Mi primera impresión
al llegar a Disney aún la tengo clara y diáfana en mi mente… simplemente un
sueño hecho realidad... ver ese asombroso mundo mágico delante de ti, era para
quedarse paralizado… pero no me podía permitir eso; como en todo Tour, debía
estar con el grupo y no separarme (recuerden que en esa época no existían, por
ejemplo, los celulares; si me perdía, el enredo iba a ser de grandes
dimensiones), por lo tanto, no había tiempo para estar con la “boca abierta”.
El primer problema, se presentó apenas entramos al parque… íbamos a tomar el
monorriel desde la entrada general a la entrada de Magic Kingdom (el Reino Mágico,
el primer parque y el más emblemático, ya que es donde se encuentra el
castillo, ícono y sello de Disney) y la fila era extremadamente larga. Mientras
esperábamos, me llamó la atención unas postales del parque y decidí comprar una
de ”souvenir”: le di a la señora que atendía el kiosco el equivalente a 75 centavos de dólar, pero ella me extendía la
mano y me decía muchas cosas en inglés… la fila se empezó a mover, y con ella
mi grupo; y yo seguía en mi transacción infructuosa con la señora; solo quería
irme pero ella me seguía hablando… ya mi grupo estaba casi al final de la rampa
y yo estaba que me ponía a llorar, hasta
que se me ocurrió darle a la señora otra moneda; resulta que los 75 centavos
que le estaba dando era el importe que aparecía reflejado en la postal, el cuál
correspondía al valor de la estampilla que había que colocarle a la postal, y no
al precio de la misma… sólo resta decir que, para no perder el tren, tuve que
recurrir a una escalada y carrera estilo “Cocodrilo Dundee” (los que vieron esa
película recordaran las escenas finales): el líder del tour le dijo a las
personas de la fila que me ayudaran a llegar antes de que el monorriel
arrancara, por lo que me alzaron y cargaron entre varias personas hasta que
llegué a la puerta, justo en el momento que ésta iba a cerrar. ¡Me salvé de
“chiripa”!
Y después de pasar tremendo susto, al fin llegamos al
parque… en ese momento nos dieron libertad para que cada uno lo recorriera a su
antojo, con la condición de que nos encontráramos todos en un punto del parque
al finalizar el día. Como ya he contado en capítulos anteriores, mi afición por
la exploración me llevó a iniciar mi recorrido por Adventureland (La tierra de
la aventura)… aún recuerdo como si fuera ayer ( a pesar de que han pasado casi
50 años de eso) cuando subí a la casa en el árbol de la familia Robinson,
cuando recorrí la selva en el Crucero de la Jungla, y cuando quedé en medio del
fuego de cañones en Piratas del Caribe (desde ese momento se me quedó grabada
la escena del perrito con la llave en la boca diciéndole que no con la cabeza a
unos piratas encerrados en una celda). En Frontierland (la tierra fronteriza)
me imaginé acompañando a Tom y Huck en las cuevas que abundaban en la isla de
Tom Sawyer (entré en todas)… y en Fantasyland (la tierra de la fantasía) realicé
mi sueño de pasear en el Nautilus del capitán Nemo; y también me llevé el susto de mi vida en
Blancanieves y los 7 enanos cuando el carrito que te llevaba se dirigía directo
a un espejo donde se veía la malvada madrastra, pero al acercarte se volteaba
repentinamente y se te abalanzaba la fea
bruja de la manzana.
Algunas de esas atracciones
fueron modernizadas o no existen, pero la que sigue vigente y llena de frescura
el paseo por ese parque es la atracción “Es un mundo pequeño” con cientos de
muñecos representando a la mayoría de los países del mundo, y todos éstos
repitiendo una y otra vez la canción “It´s a small world”.
En esa época solo
existía, en Disney World, el parque Magic Kingdom (actualmente hay 4 parques
temáticos y 2 parques de agua). Así que nos tocó ir al otro día al
recientemente inaugurado parque SeaWorld, donde disfruté el espectáculo de
delfines y orcas, y donde se sembraría en mí la pasión por los mares, la cual me
llevaría años después, a estudiar Oceanografía y Acuicultura en la isla de
Margarita, Venezuela (en un principio tenía pensado estudiar en Florida, pero ya se
asomaba el fantasma de la devaluación, así que opté por la alternativa criolla,
que resulto ser la mejor elección).
De regreso nuevamente a Miami, nos llevaron un día a conocer “la Selva de los Loros” (Parrot Jungle), un inmenso jardín en donde las estrellas del espectáculo eran los pájaros, particularmente loros, guacamayos y cacatúas.
Y el resto de la
semana del viaje, quedó para disfrutar la ciudad y las actividades del hotel.
En ese momento ya mi “chaperón” se había fastidiado de su rol de niñero y
coordinó que me quedara en la habitación con una familia de jóvenes que también
estaban sin compañía de adultos (4 hermanos, dos varones y dos hembras), uno de
ellos apenas un año mayor que yo, por lo que fue fácil que nos hiciéramos
“panas” en ese viaje. Sin embargo, antes de eso, estando yo "de mi cuenta", me
tocó buscar donde comer. Una tarde llegué a la cafetería del hotel y pedí lo
que pude, apoyándome en mi inglés básico del colegio: “One hamburguer and one
chocolate and milk”. De más está decir que durante el resto del viaje
prácticamente eso fue lo que comí. Aunque hubo una noche que pude darme un lujo;
a una de las señoras que iban en el tour, esposa de un profesor del colegio, y
quién estaba con su hija, (la cual tenía casi mi edad), le dio “cosita” verme
como alma errante y decidió invitarme a cenar una noche en el restaurant “premium”
del hotel… vale decir que me sentí apreciado y afortunado en ese momento con
ese Ángel de la Guarda.
Otra anécdota que mantuve
en secreto y conté años después, ya que no quería que mis padres se infartaran,
fue el día que estábamos todos en la piscina y me preguntaron los amigos con los
que me quedaba (todos mayores que yo) que si me iba a lanzar desde el
trampolín. Yo apenas sabía “chapaletear”, más no sabía aún nadar, pero como la
imprudencia es la compañera de todo “muchacho”, y más cuando ese muchacho está
sin supervisión de un adulto, decidí lanzarme sin saber nadar, para no “quedar mal”
… pero bueno, por algo había sobrevivido esos días, y no precisamente por
“pendejo”: me lancé de pie, y no de frente hacia el centro de la piscina, sino más bien hacia uno de los lados, y en dos
brazadas ya me estaba sosteniendo al borde de la piscina, y con cara de “eso
fue pan comido” Puro instinto de supervivencia. Gracias a Dios regresé sano y
salvo a Maracaibo, con muchas emociones vividas, y cargado de souvenirs para
mis padres y hermanos (les regalé todos los folletos que recolecté en las
atracciones y los hoteles…jejeje)
Años después, a
inicios de los años 80 y antes de la debacle cambiaria, regresé en otro viaje
de vacaciones a la Florida, pero esta vez como parte de un Tour particular…
varios primos no conocían Disney y Mamá logró que entre 3 de mis primos, una
hija de su prima, un gran amigo y vecino, mi hermano y yo, se conformara un
grupo lo suficientemente grande para que una agencia de viaje le obsequiara a
ella su boleto aéreo y su hospedaje. Para esa época ya yo era un adolescente y
mis intereses habían cambiado; estuve más pendiente de una chica que conformaba
el grupo con quién compartíamos el auto Pullman, que de los parques. Aunque
igual disfruté las atracciones ya conocidas y una nueva y excitante, la Montaña
Espacial en Disney World, la cual se inauguró al año siguiente de mi primer
viaje.
De ese segundo viaje
recuerdo dos episodios bien cómicos. Para ese momento, mi amigo y yo fumábamos
a escondidas, y con nuestras caras de “más edad” logramos comprar cigarrillos en
las estaciones de servicio. Aprovechábamos para fumar cuando estábamos en la
habitación, donde por cierto dormíamos todos los varones, (en total éramos 6,
mis 3 primos y mi hermano, todos ellos preadolescentes, mi amigo y yo). Llegó
un momento en que los “aviones“esos (es decir, los chamos) se cansaron de
pedirnos que les dejáramos probar un cigarrillo, y nos amenazaron con acusarnos
con Mamá. No quedó de otra, que darle de vez en cuando un cigarrillo para que
se quedaran tranquilos. El punto es que un día entró Mamá a la habitación y se
le ocurrió buscar algo debajo de las camas y encontró varios ceniceros
atiborrados de colillas… nosotros por supuesto pusimos caras de “mansas palomas”
y la queja fue contra el personal de limpieza del hotel: …cómo era posible que no limpiaran bien, que aún
había “basura” de los huéspedes anteriores… jajajaja.
El otro episodio fue
ya finalizando ese viaje, y por un tris nos quedamos sin poder salir de Estados
Unidos. Resulta que en la mañana antes del regreso, Mamá vio que aún le quedaba
algo de dinero y se fue a comprar unas sandalias que le llamaron la atención
días atrás. Ya a punto de salir al aeropuerto le preguntamos por el dinero para
las tasas aeroportuarias que TODOS le habíamos dado días antes… resultó que ese
fue el dinero que gastó en las “benditas” sandalias. Nos tocó sacar de nuestros
bolsillos todos los billetes de un dólar y las monedas que nos quedaban, y
gracias a Dios pudimos reunir nuevamente la cantidad requerida. No nos quedó
dinero ni para un “chicle”. Vale decir que cada vez que mi amigo iba a la casa
y veía a Mamá con esas sandalias, se volvía a “arrechar” y no era para menos… casi
nos toca hacer como hizo el protagonista de “Adiós Miami” al final de la
película; en Miami y sin un centavo, se arrojó a dormir en la orilla de una
playa por un largo tiempo hasta que le llegó la policía y con marcado acento
cubano les dijo: ayúdenme, me escapé de Cuba, soy un cubano que pide asilo, una
ayuda, un trabajito pa´ ganarme el pan... ¡ÓYEME TÚ!
Ruben G. Gil Medina
Franklin
03 de octubre de
2022












Muy buena memoria lo felicito pero te falló el último párrafo no eran sandalias era una braga corta y con el bolso Cristian Dior felicidades besos y abrazos
ResponderEliminarAjajjajajajajjaja ...siiii, era una braga short straple .color hueso creo, o beige ..y el bolso a juego...jajajjajjaja... que vaina más buena...recordar es vivir mi manito
ResponderEliminarFelicitaciones hijo,como siempre,tu jocosidad hace más amena la lectura.provoca seguir leyendo..
ResponderEliminarDios te bendiga siempre.
Allí hay talento,sigue adelante.
Que buena memoria. Dios te la guarde. Muy bueno Tito Rubén!!👏👏
ResponderEliminarExcelente👏🏻👏🏻👏🏻
ResponderEliminarEsta tan bueno que llore de revivir todo con tu rmagnifico relato tia Aura felicitaciones
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